Qué atrocidad cometiste.

Ha dejado de reconocerse ante todos; incluida ella misma. Ha perdido las constelaciones que encontró con paciencia y muchos versos.  Ya no es ella, lo sabe y no le importa. No le importa por qué entre tanta incertidumbre, te ha perdido a ti también. Y tú siempre fuiste el último empujón que necesitaba para despegar de tantos reproches, medias tintas y sábanas sin revolver.  Eras la bala que guardaba en su recámara por si algún monstruo tonto volvía a por ella; te has ido sin ninguna intención de volver. 

Se ha mirado al espejo cuatrocientas quinientas mil veces desde que la puerta hacia tu vida se cerró. Se ha mirado con los ojos cerrados porque no quería verse de verdad, solo imaginarse un poco menos desastrosa y más lúcida. Se ha visto, a su manera, sin aceptar que se ha dejado matar por ella misma y ha perdido todas las certezas que consiguió arrancar de tus pestañas. Me ha gritado cuatrocientas veces “¿Por qué no quieres salvarme de mi silencio?”; no entiende que yo también estoy rota, y dos cicatrices juntas solo agrandan un poco más la herida.

Qué atrocidad cometiste, dime. Ya no se reconoce en las fotos, ni en su propia tinta. Ya no está a gusto en su piel ni siquiera la música le calma la Tristeza.  Ha tirado todos los folios donde su corazón se desangró; Se está dejando marchitar para que luego vaya yo y la intenté regar, y me coma la cabeza, los nervios y mi propio miedo por no saber cómo resucitar algo que ya no existe.

Ha roto los espejos que la rodeaban hasta convertirlos en añicos; el único espejo que le queda son mis ojos y ya no me mira, porque no quiere verse ni de verdad ni de mentira. No quiere  porque le duele mirarse y comprobar que el dolor empieza a habitar en ella. Esta apretando la soga hasta que su garganta sea incapaz de gritar y no sé qué hacer. No lo sé, porque cada vez que me acerco a sostener sus párpados, se aleja.

Ya no es ella, y lo sabes pero no te importa. Nunca la quisiste, solo querías ser el poeta de una musca con alas de marfil. Se ha desconocido totalmente y ha tomado la vida como una guerra continua, donde la única perdedora es ella por no saber cómo colgarse de tus labios y no caer nunca de ellos.

Siento su muerte cada vez que un nuevo día se descuelga con gracia del calendario y no puedo impedirla Siento como se abre las venas, escondiendo todas tus promesas en ellas porque no quiere verlas escritas ni recordar las excusas baratas que fuiste capaz de pronunciar. Me ha mirado, por primera vez después de tanto tiempo,  y he sentido como las ruinas se empezaban a clavar en mi estómago.

Le he devuelto la mirada, revisando cada cicatriz de su cuerpo, buscando la causa de su derrumbamiento. Le he preguntado a sus ojos cuál es la cicatriz que ha dejado salir a su alma,  y no han sido capaces de responder.

Sigo sintiendo que se me va. Que se está cerrando y no soy capaz de retenerla. Quédate, le grito. Quédate. Quédate, le suplico una vez más, pero ella empieza a golpear fuertemente la barrera invisible que nos separa.

Ya no me reconozco.  No sé dónde perdí la llave que abría todas las puertas de mi vida; he perdido el por qué que me trajo a esta isla desierta y no tengo ni la menor idea de dónde está el barco que prometió sacarme de aquí.


Ya no sé quién es la chica que se refleja en el espejo. 

Decidme: ¿Quién es ella?

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2 comentarios:

  1. Es duro perderse a una misma. Pero más duro es reconocerlo. Reconocer que sonríes por inercia pero la sonrisa no pasa de los labios. Reconocer que estás hecha añicos por dentro y no saber ni querer recomponerte. En definitiva, reconocer que no sabes ser sin él...
    Busca un momento en el que fueses tú, sólo tú y nadie más. Esconde los restos del naufragio debajo de la alfombra y empieza de cero. Eras una versión de prueba y tienes seis vidas más. ¿Jugamos otra vez?
    un besoo!

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